miércoles, 22 de mayo de 2024

LA PESTE NEGRA SEGÚN IBN JATIMA, TRATADO DE 1348

Abu Ya‘far Ahmad b. ‘Ali b. Muhammad b. Jatima al-Ansari, conocido como Ibn Jatima (m. 1369), era natural de Almería y fue una de las figuras más representativas de la vida intelectual de al-Andalus en la etapa nazarí del siglo XIV. 

Instrumento quirúrgico en el Kitab al-Tasrif de Abu al-Qasim al-Zahrawi, más conocido como Abulcasis (s. X). 

  Sobre todas estas materias, compuso distintas obras que lo hicieron destacar en los campos del saber y de la ciencia. Entre ellas, destaca un tratado médico sobre las causas y los efectos de la epidemia de la peste negra que azotó Almería entre 1348-1349, y que causó una tremenda mortandad.

La pandemia de peste negra del siglo XIV  también es conocida como muerte negra, gran plaga, plaga negra y peste bubónica.  La peste negra que se extendió por Europa estuvo activa entre los años 1347 y 1400.  Parece ser que esta pandemia se inició en Asia y llegó a Europa a través de las rutas comerciales, entrando en Mesina de la mano de los marinos que procedían de allá y extendiéndose por toda Italia. Hacia finales de 1347 y comienzos de 1348 comenzó a expandirse por Europa occidental, ocasionando la muerte de entre un 25% y un 50% de la población europea.

 La Península Ibérica, evidentemente, no se vio libre de los azotes de esta enfermedad y también fue presa de la misma.  Se registra la primera víctima en Baleares en 1348. 

  Ib Jatima escribe un tratado médico sobre las causas y los efectos de la epidemia de la peste negra que azotó Almería entre 1348-1349, y que causó una tremenda mortandad. La obra es conocida con el título de Tahsil y vio la luz en 1349. 

Tambien el médico catalán  Jacme d’Agramont aconsejaba en 1348 el confinamiento y la desinfección para evitar el contagio. El Regiment de preservació de la pestilencia es un documento singular en el que se compendian diversos métodos, remedios y recetas para prevenir el contagio que todavía hoy son vigentes en la lucha epidemiológica. También un médico genovés Gentile da Foligno escribió un tratado por las mismas fechas. Folignolo escribió en latín, porqué lo dirige a la clase médica, y  describe los estragos de la enfermedad en Génova, mientras que D’Agramont busca adelantarse y afirma que quiere que sus consejos sean útiles a sus conciudadanos. Algo que hizo Ib Jatima en Almeria.


Jacme d’Agramont, murió de peste poco después de terminarlo,


 El Compendium de epidemia, fue elaborado por un grupo de médicos de la Facultad de Medicina de París, también en 1348, a petición del rey Carlos IV de Francia.


 El  Tractatus de epidemia, fue escrito en 1349 por un médico anónimo de Montpellier, donde estaba una de las escuelas de medicina más importantes de la Edad Media.

En el ámbito judío los tratados médicos sobre este tema no son tan abundantes y además no se conocen con demasiado detalle, pues la mayoría de ellos ni siquiera han sido editados. Por lo general suelen ser traducciones del latín o del árabe al hebreo o escritos directamente en árabe. Entre ellos se puede destacar el tratado de Isaac ben Todrós, que vivía en Aviñón en la segunda mitad del s. XIV, titulado Pozo para el vivo. 

En el mundo musulmán medieval el primer  tratado  fue escrito por Ibn Jatima a quien dedicamos este tema y  el segundo es obra del famoso Ibn al-Jatib (m. 1375), un médico  granadino que llegó a tener el cargo de visir del sultán de Granada. Lleva por título Libro útil para quien pregunta acerca de la terrorífica enfermedad. 


Ibn Jatima responde en esta composición a diez cuestiones que le planteó un compañero suyo acerca de esta terrible enfermedad. Las seis primeras cuestiones son de carácter médico: 


1. La naturaleza de la peste 

2. Las causas generales y específicas de la peste 

3. Los determinantes geográficos de la peste 

4. Cómo se produce el contagio de la peste 

5. Actuaciones para guardarse y prevenirse de la peste 

6. El tratamiento contra la peste 

En el Tahsil, además, se describen otras plagas ocurridas en el mundo conocido, se dan consejos a los habitantes de Almería para que se protejan de la enfermedad y se postula la teoría de que las enfermedades se transmiten a través de “organismos minúsculos que pasan de un cuerpo a otro”, adelantándose así Ibn Jatima a sus colegas de la Europa cristiana en la hipótesis de la infección microbiana y en la importancia del aislamiento de las personas como terapia principal en casos de epidemia: a menor movimiento de individuos y menor contacto entre ello, menor contagio.

Dice Ibn Jatima que «la peste son unas úlceras que salen en las axilas y que no suelen afectar a otras partes del paciente» y que «es una enfermedad que causa la muerte en la mayoría de las ocasiones». Añade que «es una afección epidémica que ataca a la gente desde la lejanía a través del aire, y que no es causada por la comida o la bebida». Finalmente apunta que » la peste presenta el mismo cuadro clínico en todas las ciudades y países en donde ha tenido lugar, sin producirse diferencias al cambiar de territorio o de estación». 

«La causa inmediata es la alteración del aire que rodea a los hombres y que estos respiran, es decir, el aire se troca putrefacto y corrompido». 

En esta sección, Ibn Jatima narra la información que le han hecho llegar personas de su confianza diciendo, entre otras cosas, «que unos comerciantes cristianos que venían de oriente en dirección a Almería vieron frente a las costas de Turquía, a cuyos habitantes les había sobrevenido la peste, que los peces flotaban sobre la superficie del agua, malolientes y en grandes remolinos, acercándose a la costa e invadiéndolo todo de hedor». 

Ibn Jatima comenta que «las condiciones de las ciudades no son unánimes desde todos los puntos de vista, sino que, por el contrario, son diferentes por muchas cosas». 


Las condiciones más importantes son cuatro:  


La primera tiene que ver con su cercanía o lejanía del mar. Las ciudades costeras son más calientes y húmedas y, por lo tanto, más predispuestas a esta epidemia. 

La segunda se refiere a su posición. Las ciudades construidas en dirección al sur y expuestas a los vientos del sur son más propensas a recibir esta enfermedad por la humedad y el calor que este viento trae consigo, al contrario de lo que pasa con las ciudades dirigidas hacia el norte, especialmente si están rodeadas de montañas. 

La tercera, al tipo de terreno sobre el que la ciudad se encuentre: terreno llano o terreno abrupto. Las ciudades construidas sobre las llanuras, especialmente las que se encuentran en depresiones, tienen más predisposición que las de montaña. Estas últimas, al tener un clima frío y seco, no son tan propensas a la peste. 

Y la cuarta y última está relacionada con las comidas y las bebidas de sus habitantes. Los humores de los habitantes de las ciudades que comen mucha fruta fresca, pescados y leche, y beben las aguas estancadas de los ríos y las aguas que atraviesan por maleza, cañaverales y pantanos, están más predispuestas a ser afectados por la enfermedad. Los que beben aguas sulfurosas y acerbas, como los habitantes de las termas, están menos predispuestos». 

Cómo se produce el contagio de la peste 

Ibn Jatima comienza su disertación sobre este tema diciendo que «sobre lo que no hay secreto ni ocultación es que la peste se contagia, se propaga y es infecciosa, y en eso consiste su daño. Todo aquel que tiene trato con un enfermo y prolonga su trato, penetra en él la nocividad del paciente y le afecta su misma enfermedad. Los vapores putrefactos de los enfermos, al salir de sus alientos al respirar, llegan al corazón y a los pulmones del que está cerca de él. Igualmente ocurre con sus ropas y las camas en las que pasan la enfermedad. La ciencia y la experiencia testimonian todo eso». 


Añade que «las ciudades cuyos habitantes cuidaron celosamente de que nadie procedente de territorios infectados por la peste entrara allí, disfrutaron de la buena salud durante más tiempo, aunque finalmente hasta ellos terminaron vencidos por la enfermedad. Y que la mayoría de la gente de las ciudades vecinas de Almería afectadas por esta calamidad fechaban, en efecto, el momento del comienzo de su enfermedad con la llegada de fulano o fulana procedentes de las ciudades de la peste, trayendo consigo la muerte».  


Actuaciones para guardarse y prevenirse de la peste 

Ibn Jatima enumera seis actuaciones que deben llevarse a cabo para preservase del contagio de la peste: 


«La primera actuación, que las casas se orienten al norte, para que el aire fresco se lleve los vapores putrefactos; que las casas se perfumen con aromas fríos como el mirto y el sauce, y se rocíen con agua de rosas mezclada con vinagre. También se aconseja oler toronja, limón y violetas; y fumigar con sándalo después de haber refrescado con agua de rosas. Hay que evitar todos los alimentos que producen calor, también hay que evitar el sol y los fuegos. 

La segunda actuación es permanecer quieto en la medida de lo posible o moverse de manera moderada para que no se produzca un exceso de respiración y aparezca la fatiga y el cansancio. 

La tercera actuación está relacionada con los alimentos: han de tomarse panes bien fermentados, especialmente de cebada. Las carnes más recomendadas son las de animales jóvenes (gallina, perdiz, cordero, cabrito y ternero), bien limpias y cocidas con vinagre de limón, calabaza, lechuga, nabos y legumbres, siempre que todo ello haya hervido en agua caliente y se haya condimentado con vinagre. Las frutas más recomendadas son: las peras, las granadas, las ciruelas y las uvas blancas. Hay que evitar las comidas pesadas e ingerir poca cantidad de alimento. 

Respecto a las bebidas, se recomienda tomar agua bien depurada y proveniente de fuentes de aguas corrientes y cristalinas. Asimismo, se pueden tomar agua de cebada, jarabe de ojimiel y de manzana mezclado con agua, así como jarabe de limón y toronja. 


La cuarta actuación tiene que ver con el sueño y la vigilia: se aconseja dormir de noche sin excederse en el tiempo de descanso porque eso corrompe los humores y es malo para el espíritu. Tampoco quedarse corto. No pasa nada si se duerme durante el día en verano. Procúrese estar en verano en habitaciones orientadas al norte, para que refresquen los vientos y en invierno, hacerlo en lugares recogidos y al abrigo. 

La quinta actuación está relacionada con el excreto y la retención. Es muy conveniente laxar el vientre con facilidad y asiduidad. Si esto no fuera posible, se ayudaría con la ingesta de guisos de peras, uvas, flores de violeta, tamarindo y otras frutas. Igualmente, orinar con regularidad. También se recomienda limpiar el estómago tomando jarabe de ojimiel con agua caliente o rosas confitas con miel y agua caliente. Se aconseja aplicar ventosas para aligerar la sangre, practicando sangrías. En cuanto al coito, debe practicarse según la costumbre, de acuerdo con la edad y la fuerza, lo que la naturaleza invite y el espíritu permita. Por lo que respecta al baño, ha de hacerse en un lugar cubierto y protegido, de atmósfera templada, con agua dulce tibia y de forma relajada. Cuando acabe, se vestirán ropas limpias y suaves de lino que hayan sido perfumadas con agua de rosas mezclada con vinagre. 

La sexta tiene que ver con los aspectos anímicos y espirituales. Buscar la alegría, el regocijo, la diversión, el gozo y la esperanza. Evítese todo lo relacionado con el miedo, el temor, la inquietud y el enfado». 

El tratamiento contra la peste 

Ibn Jatima enumera las actuaciones que han de llevarse a cabo una vez contraída la enfermedad, y nos dice: 

«Conviene, en primer lugar, examinar al enfermo: si ves que sus venas son abundantes, su pulso es acelerado, no tiene mucha fiebre, tiene el rostro enrojecido, a veces se asfixia y vomita, tiene diarrea, convulsiones y trastorno mental, es conveniente practicarle una sangría. Eso tiene que hacerse después de que el paciente tome algo que ayude a fortalecerle el corazón y mitigue el ímpetu de la sangre, como, por ejemplo, jarabe de manzana.  


A continuación, después de practicarle la sangría, el paciente tiene que volver a tomar lo mismo, y ciertamente eso le aliviará y curará; y, si no, por lo menos le servirá de paliativo hasta que muera, y le aliviará de la descomposición de los humores y los residuos putrefactos.  


Si está estreñido, lo estimularás dándole en ayunas o con el estómago vacío un cocimiento templado de ciruelas, azufaifas, tamarindo y azúcar.  


Si el enfermo tiene sed, le colocarás en el agua que beba una bolsita de tela rellena con una mezcla de semilla de verdolaga, julepe y zaragatona con un chorrito de agua de rosas. Si el paciente tiene la boca y los labios secos, chupará ese envoltorio y succionará su contenido; y, si le gusta, puede tragárselo.  


Si vomita, le darás de beber agua caliente a sorbos hasta que su estómago esté limpio. Si el vómito es bilioso y malo, especialmente si es de color verdoso, entonces se diluirá en agua caliente jarabe de ojimiel y se le dará de beber al enfermo una buena cantidad del preparado para facilitarle el vómito. 


Cuando veas que el estómago del paciente se ha limpiado o que él ya ha vomitado hasta el límite, entonces tomará arrope de granada mezclado con jugo de hierbabuena con un poco de canela en polvo. Asimismo, se untará el estómago por fuera con arrope de membrillo y se le espolvoreará encima hojas de rosas en polvo y almáciga; o se le aplicará aceite de rosas directamente.  


Si tiene diarrea, le darás un remedio compuesto de arrope de membrillo y jarabe de rosas. Después, le masajearás el vientre, el ombligo y las caderas con aceite de rosas, aceite de mirto o ambos conjuntamente.  

Si hay desvanecimiento y sensación de debilidad en el corazón, entonces se le reanimará con jarabe de manzana mezclado con agua de rosas almizclada; después, se le rociará el rostro, el pecho y la boca del estómago con agua de rosas mezclada con sándalo hasta que el paciente recupere la fuerza; asimismo, se le incitará a que vuelva en sí hablándole, meneándole el cuerpo y trabando conversación con él. Cuando vuelva en sí, tomará un caldo cocinado con esencia de menta y vinagre de lima, y se le ayudará a recuperar la fuerza con los medicamentos y los alimentos apropiados.  


Si hay convulsiones y frío en las extremidades del enfermo, se le darán masajes suaves por todo el cuerpo sin emplear ungüento, apretando sin interrupción con las palmas de las manos sus extremidades hasta que el calor se extienda por todo su cuerpo; asimismo, se le aplicará en la nariz un sahumerio a base de madera de aroma fresca y almáciga, se le provocará el estornudo con la ayuda de una plumilla que haya sido sumergida en vinagre y se le dará continuos y bruscos tirones de pelo hasta que vuelva en sí.  


Si el paciente tiene dolor de cabeza, perturbación, trastorno mental y ardores en las venas, se le empapará la cabeza con aceite de rosas mezclado con vinagre agrio o vinagre de lima y se le colocará en la frente un vendaje preparado con aceite de rosas o de violetas, vinagre y estiércol de vaca seco; se tritura todo, se tamiza y se amasa hasta que la mezcla tenga la apariencia de la pasta de la alheña; con esta masa se impregna un jirón de tela y con ello se le venda al enfermo la frente y las sienes, aplicándole a continuación aceite de rosas una y otra vez para que el vendaje no se seque; y, si se seca, se sustituye por otro igual. Asimismo, se obligará al enfermo a oler agua de rosas mezclada con vinagre y se le enjugará la barbilla y las mejillas con este combinado, lavándole a continuación los pies con agua y vinagre, ambas cosas templadas.  


En resumen, hay que enfrentarse a cada uno de los síntomas y oponerse a sus causas con el correspondiente tratamiento apropiado, siendo la preocupación más importante la de reanimar el corazón y mantener su fuerza”. 


Apenas sabemos nada de su vida personal. Debía pertenecer a una familia acomodada, lo que le permitió permanecer toda su vida en su ciudad natal, Almería, sin tener que poner su pluma al servicio de la dinastía nazarí como otros literatos coetáneos suyos, aunque fue con frecuencia a Granada, capital del emirato donde tenía amigos y conocidos entre los más conspicuos personajes de la corte como el todopoderoso primer ministro Ibn al-Jaṭīb de Loja (1313-1375). 

Su alejamiento de la corte le permitió hacer una poesía cuyo objetivo fue puramente estético, sin la servidumbre del panegírico político, caso poco frecuente en la poesía árabe medieval. 

Por esta razón sus poemas están llenos de innovaciones técnicas como versos correlativos, versos con eco, versos concatenados, tawriyas, es decir composiciones con doble sentido e incluso poemas “de tijeras”, en que las letras estaban recortadas con tijeras. 

Sus temas son los habituales de la poesía modernista árabe medieval: poemas de amor, descripción del jardín y sentencias ascéticas Además, cultivó la poesía mística, tema recurrente en el emirato nazarí de Granada, y mucho más en Almería, cuna de importantes grupos místicos de al-Andalus y donde Ibn Jātima había estudiado con el místico Abū l-Barakāt de Velefique. También escribió un breve tratado en prosa rimada sobre los “enemigos de los amantes”, tema relacionado con el amor cortés árabe.


El único acontecimiento público del que Ibn Jātima se hace eco en su obra es el de la Peste Negra de 1348, que asoló Almería. 

Su análisis sobre la peste es científico sin que diese a la pandemia una explicación teológica como castigo de Dios o atribuyese la peste a circunstancias extraordinarias como envenenamientos o hechos supersticiosos. Sabía medicina, aunque no consta que ejerciese como médico.


Escribió también una historia de Almería que no se conserva, pero que es citada por otros autores andalusíes, y un tratado de filología.


 En primer lugar, la aportación de Ibn Jatima al respecto de las pandemias, en general, y de la peste, en particular, al describir pormenorizadamente la enfermedad, al demostrar empíricamente la realidad del contagio, identificar la propagación en cadena y prevenir la enfermedad mediante el confinamiento. 



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