martes, 10 de junio de 2025

La guerra en el Corán

 

Las referencias bélicas en el Corán se limitan a escaramuzas entre tribus mucho más por razones comerciales que por cuestiones de fe.

 El papel de Mahoma como profeta es incuestionable, pero como hombre de Estado aparece más bien como un patriarca conocedor de las lealtades entre los pueblos árabes. 


En ningún momento aparece el concepto guerra en el Corán expresado con la palabra yihad. 

Por lo tanto, yihad es un invento medieval, equivalente al de cruzada, que tampoco aparece en los Evangelios.

 El artículo pasa revista a los términos que utiliza el Corán para referirse a guerra, así como su contexto, para desestimar la aparición de guerra santa en el Libro Sagrado.


Es una verdad comúnmente admitida —por empezar a lo Jane Austen— que los descubrimientos trascendentales casi nunca se producen al atisbar tierras nuevas, sino al contemplar las conocidas con nuevos ojos. 

Si esto es cierto a los efectos prácticos del avance científico general, no puede serlo menos en el necesario freno que debe ponerse a la ya trágica decadencia islamológica contemporánea; ciencia —porque la islamología lo es— siempre sospechosa y hoy invadida por la barbarie epidermista de diletantes arbitristas en permanente y patológica vigilia apocalíptica.

Otrosí, intrusismo de quienes saben del mundo lo que aprenden en los titulares de prensa y partes de guerra telediarios.

Valga el dislate anterior como mera traca de entremés sin mayores pretensiones normativas; que bastante poblado anda ya el huerto de los predicadores de barrio metidos a analistas. Precisamente, los tiempos requieren más encogimiento de hombros que puñetazos en la mesa, contracultura que postulados, dado que la cultura —por desgracia— viene siendo últimamente hija sumisa de su tiempo injusto. 

Que son malos tiempos para la lírica —solía cantarse— e inmejorables para la épica, enlazando así con el tema que nos une e inspira —¡guerra!— y cerrando el entremés con un majado de Clausevitz en deconstrucción novecentista: hasta las tumbas se abrieron gritando: ¡venganza y guerra! —. 

Metiéndonos en harina: ¿es el Corán la versión árabe de Sun-Tzu? ¿Es toda guerra coránica siempre santa? ¿Es toda guerra actual siempre coránica? Nuevo encogimiento de hombros

Así, es la guerra más una época determinada que una actitud: la Arabia de los siglos VI-VII conoció una época así, heredera de tiempo viejo en zona fronteriza entre Bizancio y la Persia Sasánida. 

Tiempo de guerra como insoslayable día a día que, inevitablemente, quedó plasmado en la trama humana inspirada, receptora de la revelación coránica. 

Adelantamos a continuación —a modo de posicionamiento previo— la conclusión de nuestro ensayo interpretativo en cuatro percepciones entrelazadas que contengan la intención del título —La palabra descendida y la guerra, o sea, la guerra en el Corán—:

  Para saber algo sobre la guerra en el Corán hay que leer el Corán. Lamentando la aparente perogrullada, no lo parecerá en absoluto si asumimos la ingente literatura producida sobre el Corán y basada en fuentes terciarias. La única lectura posible del Corán es la pragmática. Y sólo puede llevarse a cabo un acercamiento pragmático al Corán por parte de un arabista. 

Nos referimos no a lo pragmático —fines prácticos, que también—, sino a la pragmática; rama de la semántica que se ocupa de la relación del mensaje con el emisor y su contexto. 

Es decir: para comprender el sentido del Corán hay que leerlo en árabe —original— y conocer el medio —contexto—.

 Tal análisis pragmático —científico, por tanto— debe tratar al Corán como fuente literaria, no histórica ni religiosa. Respetar la iluminación anímica no es incompatible con la verdadera ciencia.

 Partiendo de lo anterior, debe distinguirse claramente entre el hecho coránico y el hecho islámico. 

La revelación-redacción del libro nos ofrece las claves interpretativas. 

La glosa y evolución del mismo nos despistará. 

Si hablamos de la guerra en el Corán, no estamos hablando de la guerra en el Islam.


 Neopaternalismo Occidentocentrista Islamofílico (NOI), u Onfaloscopia Pre-traumática (OP);

dícese de la actitud condescendiente con que el pensamiento único occidental aborda la cuestión

islámica en términos de conflicto teñido de desconocimiento religioso básico, y que se resume en el

siguiente postulado: nosotros, evolucionados occidentales, podemos permitirnos el lujo de ser ateos,

 pero estos pobres sólo piensan en sus mezquitas


Coincide en sus apreciaciones esencialistas con el absurdo acuñado de la llamada identidad religiosa exclusiva según la cual un musulmán, por ejemplo, pensaría más en rezar cinco veces al día que en comer tres. 

El NOI, por su esencial componente islamofílico, entra en conflicto irresoluble con la mediática demonización colectiva del Islam, y en esas anda como el asno de Buridán, muerto de hambre —por indecisión— al no poder elegir entre el heno y la paja. 

 Por Simonet, arabista español de profunda formación y extensa producción, quintacolumna del mozarabismo anti-islámico, científico al servicio de una causa: la histórica máxima de conoce a tuenemigo.

Deben desestimarse acercamientos inducidos. Ni apologéticos ignorantes —NOI (Neopaternalismo Occidentocentrista Islamofílico)

 Ni simonetismo v heredero del acientífico choque de civilizaciones.

 Entre ambas lacras de la islamología como ciencia, han acuñado el palabro yihadismo, bálsamo de

Fierabrás de los interpretadores epidermistas. 

El Yihadismo explicaría la conspiración islámica mundial basada en un Corán críptico interpretado

—por ávidos lectores de cuanto no entienden— como llamadas letales a la YIHAD —dado que no saben árabe, tratan a yihad como término femenino, en lugar de el yihad. 

El femenino —la yihad— responde a que ya están pensando en la guerra santa en lugar de en el esfuerzo, verdadera traducción originaria del término yihad y única en el Corán.


En definitiva, y retomando lo aludido en el punto tercero, cerramos con la afirmación clave en nuestra interpretación: cada vez que aparece la palabra guerra en el original árabe del Corán —única fuente, a nuestros efectos— remite aquella a guerras tribuales, no religiosas —por más que puedan recibir una imprimación ideológica religiosa a modo de arenga previa al combate—. Y, lo que es más importante, «jamás se refiere el Corán a la guerra con la palabra yihad».

Por tanto, de las treinta y tres ocasiones en que aparece la raíz Y-H-D en el Corán —raíz de la palabra yihad—, ni una sola es traducible como Guerra Santa, ni siquiera como guerra. Y dado que el concepto mismo de YIHAD como guerra santa es medieval, aludir al concepto en una interpretación coránica es descontextualizar la narración y, en consecuencia, ofrecer combustible para los que interpretan el presente a través de lecturas inducidas de traducciones, y no de originales. 

Sería parecido a traducir el pasaje evangélico que tome su cruz y me siga como ¡que vayan a las cruzadas!

En nuestro acercamiento, partimos de un pudor religioso necesario, no ya por el cargante catecismo de la corrección política, sino por decisión humana e individual: Christian Ruch afirmaba recientemente que el número de teléfono de Dios es secreto, y lo cierto es que sólo el que lo ha vivido sabe lo que es la fe, y elmodo en que nadie acierta a definirla, inocularla o erradicarla —si me lo preguntas,no lo sé. Si no me lo preguntas, lo sé, explicaría San Agustín—. 

Por tanto, que el pudor religioso nos aleje como de las brasas de toda apreciación sociológica de unhecho personal. 

De modo parecido, que toda interpretación de lo conocido no nos impida leer inocente y ávidamente un texto redactado entre los siglos VI y VII.

Y vaya por delante una cláusula de salvaguarda: tanto la traducción de Julio Cortés como la de Juan Vernet son meritorios y difícilmente superables hitos del arabismo español. Pero el modo en que ambos traducen sistemáticamente yihad por guerra santa es la fuente de la interpretación yihadista del Corán por parte de quienes, incapacitados para acceder al verdadero Corán —por estar escrito en árabe—, interpretan a partir de esas dos traducciones.


Avanzando en la materia, el único procedimiento científicamente válido para refutar la traducción de yihad como Guerra Santa —ni siquiera como guerra, insistimos— consiste en pasar revista a los campos semánticos utilizados en la redacción coránica. Para ello, partiremos de dos puntos buscando coincidencias: de la raíz YHD —en cuyo campo semántico se inserta el término yihad—, y de los campos semánticos relacionados con la guerra, para ver a dónde nos lleva. 

¿Cómo proceder? ¿Cuál es nuestro material de estudio y nuestro material auxiliar?

En primer lugar, un Corán en árabe, y en segundo lugar, uno de tantos diccionarios etimológicoso compendios terminológicos que tratan sobre el vocabulario coránico. 

En nuestro caso, optamos por la obra de Hanna E. Kassis y Karl I. Kobbervig —Las concordancias del Corán. Obra de cabecera para todo aquel que pretenda realmente localizar un término en el Corán.

Con ambos libros —Corán y Kassis— a mano, de la primera búsqueda —término yihad en el Corán— encontramos, como anunciábamos, treinta y tresreferencias. Y de la segunda búsqueda —campos semánticos relacionados con la guerra—, localizamos cinco términos bien concretos, sendos derivados de los verbos HRB —guerrear—, QÂTALA —combatir—, DRB —golpear—, B’S —aplicar la fuerza—, e IJTAsAMA —pelear


 Optamos por sonidos aproximados, desdeñando voluntariamente todo intento de transcripción literal. Por lo general, si tenemos que trasladar un sonido árabe, preferimos la letra árabe a

Como primera cata traductora que nos acerque a cuanto significa yihad en árabe —ojo, muy especialmente en la época de revelación coránica; que después ya sabemos todos cuánto implica—, partimos de una conocida expresión árabe no coránica: haqqa yihadi-hi, que significa tiene lo que se merece. Literalmente, se recompensó su yihad —esfuerzo, dedicación—. Y de aquí deducimos que primero fue la lengua árabe y después el Corán, y que por tanto se inserta el término yihad en lanarración coránica acuñado ya como esfuerzo. Con un matiz religioso de indudable reminiscencia bíblica: cuando Abraham —Ibrahim— dejó la casa de su padre; cuandoJesús de Nazaret —Isa Ben Maryam— insta a —como apuntábamos— tomar la cruz y seguirle, ambas actitudes —una, en realidad— son las que el inspirador coránico desea escanciar en la palabra yihad.

Así, se lee en Cor. 2,218: quienes creyeron, abandonaron sus hogares, se esforzaron —yahadû— y siguieron la senda de Dios, pueden esperar su bendición. O también en Cor. 3,142: ¿Acaso pensáis que podréis alcanzar el paraíso sin saber Dios quién se esforzó —yâhadû— y fue paciente? También Cor. 8,72, Cor. 8,74 y Cor. 8,75: quienes creyeron, abandonaron sus hogares y se esforzaron —yâhadû— física y espiritualmente en la senda de Dios... En Cor. 9,16 —remitiendo a Cor. 3,142—. Cor. 9,19, y Cor. 9,20 —yâhadû fî sabîl Allâh— retoma la narración el concepto de seesforzaron en la senda de Dios. Así como Cor. 9,88 insiste en lo de creer y esforzarse física y espiritualmente —yâhadû bi-amwâli-him wa-anfusi-him—. O Cor. 29,69 insiste en premiar a quienes se esforzaron por Nos...

Hasta aquí, cualquier zoilo recalcitrante podría encastillarse en la obsesión de traducir todo por guerra santa —con dificultad, pero ya se sabe que cuando un tonto sigue una vereda, la vereda se acaba y el tonto se queda—. Pero, entonces, ¿por qué tantos otros términos para guerra —como veremos—, éstos sí de indudable traducción belicista? Y ¿por qué dos ejemplos como los siguientes?: en Cor. 16,110 dice —al mismo nivel— quienes se esfuerzan —yahadû— y tienen paciencia... ¿Por qué iba a emplear un término guerrero para relacionarlo con la paciencia?

No parece equiparable —ni siquiera relacionable— la irenista calma como complemento de la guerra. Sin embargo, calma y tesón sí lo son.

Abundando en ello, Cor.29,6 afirma quien se esfuerza en la senda de Dios, lo hace en realidad por su propia salvación. Y —en nuestra modesta opinión—, el ejemplo definitivo es Cor. 29,8: si te insisten mucho —yâhadâ-ka— en compararme con...

¿Qué sería esto? ¿Utilización del término yihad con el profeta? ¿De veras se traducirá como si te hacen mucha guerra santa al compararme con otros dioses...?

No; yihad es esfuerzo, perseverancia, tesón, insistencia. Cabeza dura de creyente convencido. Con el tiempo, con las guerras intestinas en el seno del propio Islam, con la escisión chií, con las cruzadas..., ya habrá ocasiones de justificar la tener que aprender alfabetos paralelos que antes tenían sentido —sólo se aplicaba el sistema de la revista Al-Andalus—; pero hoy día, por la variedad, exclusividad y complicación de las opciones, vienen a ser, efectivamente, inextricables sistemas paralelos y para-lelos. En el caso concreto de este artículo, la precisión en la transcripción no es esencial.


Cuanto el cristianismo hizo santificando la Cruzada, lo hará el Islam con el Yihad. Pero la cruz y el esfuerzo del creyente son inocentes. Y los libros —Evangelios y Corán— en que se revelaron losconceptos después desplazados, son igualmente inocentes de paganizaciones tales.


De esas referidas treinta y tres ocasiones en que aparece el campo semántico de yihad, en veinte ocasiones aparece como verbo. En siete como participio activo —forma I, para entendernos—, en dos como participio activo —forma III—, y sólo en cuatro ocasiones aparece como tal —yihad—: Cor. 9,24 Yihâd fî-sabîl Allâh—esforzarse en la senda de Dios—, Cor. 22,78 Yâhadû fî-llâh haqq yihâdi-hi —esforzáos por Dios como se merece—. Cor. 25,52, en un pasaje en que lleva a cabo una relación de ofrecimientos divinos para que los pueblos crean, ordena que, pese a la tozudez de los infieles, insistan hasta la saciedad —yâhid-hum bi-hi «por medio del Corán» yihâd kabîr—; es decir, insistid con el Corán. Se refiere, por tanto, a insistencia en la predicación. Y parece más coherente insistir Corán en mano que golpear con él.

Por último, en Cor. 60,1, se premia salir de Meca esforzándose en la senda de Dios. Dado que remite a un hito biográfico concreto de Mahoma —la huida desesperada de Meca, descartando por descontado el enfrentamiento de un grupo mínimo contra toda una ciudad—, es imposible traducir yihad más que por esfuerzo desesperado. En tanto que muyahid —esforzado, por más que desde el medievo venga significando combatiente—, aparece —decíamos— en otras ocasiones, siempre con el matiz de Cor. 47,31 hemos de probaros para saber quiénes son los esforzados y los pacientes —muyâhidûn aw sâbirûn.

Por cuanto a la guerra coránica se refiere, haberla, hayla; pero ni santa ni yihad. El Corán —como ocurre con el Antiguo Testamento— es un libro sapiencial salpicado de literatura apologética de un grupo. El concepto de pueblo elegido veterotestamentario, o el de comunidad coránico, no entra en componendas éticas: el grupo está por encima de todo, incluida la vida o la muerte de los otros. De nuevo, no es lugar éste para desarrollar el estado embrionario en que se presentan las religiones en sus libros iniciáticos; valga tan sólo la comparación para dar fe de la normalidad: la incipiente comunidad islámica guerrea en cuanto puede defenderse —es decir, desde el primer asentamiento de Medina—, y guerreando logrará elprofeta la conquista de Meca. No es una guerra santa, por más que —como decíamos— se arma el alma de los combatientes con soflamas paradisíacas. Es una guerra por el botín, por territorios. Por el control de las rutas comerciales. En conclusión, no es santa sino tan cruenta como cualquier otro procedimiento humano y social capaz de lograr los fines deseados mediante la fuerza. No es relevante la relación exhaustiva de ejemplos, inadecuada para un trabajo de esta extensión; valga tan sólo la reafirmación de los fines mundanos, por más que la arenga sea celestial.

En Cor. 4,95, y empleando la raíz DRB —golpear—, se presenta un interesante pasaje que pone en paralelo ese concepto de guerra —DRB— con el presunto de yihad. Un paralelismo que resulta paradigmático, pero requiere explicación previa a su lectura: el profeta exhorta en nombre de Dios y recrimina a los guerreros en plena batalla. La situación parece ser la siguiente: los de Mahoma entran en combate y alguien les saluda con la fórmula islámica, pero aun así combaten contra ellos.

El profeta viene a decirles que no peleen sólo por el botín. Que comprendan a los paganos porque ellos lo fueron antes. Reza así el pasaje;

¡Vosotros los creyentes!; si golpeáis en nombre de Dios —DRB, y no YHD—, distinguid bien y no digáis a quien os salude «tú no eres creyente» actuando, de este modo, codiciando bienes de este mundo. Pues Dios ofrece mejores botines, y una vez fuísteis como ellos y ahora sois distintos por obra de Dios. Él está informado de todo. Luego prosigue: No son iguales los perezosos y los creyentes, como tampoco los ofensivos y quienes se esfuerzan en la senda de Dios con sus bienes y su alma. Dios prefiere a estos últimos frente a los perezosos...

Es decir, existe el concepto de Golpear en nombre de Dios, o literalmente en la senda de Dios. Pero no es YHD. Sin embargo, tal apostilla final —Dios prefiere a estos últimos –los esforzados— frente a los perezosos, es traducida por Cortés: Los creyentes que se quedan en casa sin estar impedidos no son iguales que los que combaten por Dios con su hacienda y sus personas. Dios ha puesto a los que combaten con su hacienda y sus personas... Y Vernet traduce de un modo parecido, añadiento untítulo al párrafo: Sobre la Guerra Santa, que en realidad no aparece en el Corán, y acuña de este modo el concepto de yihad asumiendo que parte de la propia narración coránica en un párrafo en que —por contra— pelear en nombre de Dios se dice DRB. Al margen de lo anteriormente apuntado —este en nombre de Dios remite más a una bandera que a una fe—, podemos decir que en la traducción de ese pasaje está el origen del pretendido yihadismo coránico.

Es interesante que Cortés y Vernet traduzcan sistemáticamente yihad por combatir. ¿Qué sentido tiene, cuando existen —según vemos— al menos cinco modos diferentes de remitir a la guerra, y ninguno de los pasajes de yihad es traducible de ese modo? ¿Qué sentido puede tener traducir quien vaya a la guerra santa —o giros parecidos— en pasajes que no son estrictamente belicosos y cuyas expresiones significan, de un modo más genérino, quien se esfuerza en la senda de Dios, lo hace en realidad por su propia salvación? A modo anecdótico, es significativa la comparación coránica entre esforzado —muyahid—, y perezoso, apoltronado —qa’id, la misma palabra de al-Qaeda—. Quienes, hoy por hoy, con sus acciones traducen esforzado por terrorista, comprenderían, si realmente leyeran el Corán, que Dios los llama apoltronados, laxos, exentos de todo esfuerzo —yihad—.

Por lo demás, en los pasajes bélicos coránicos —jamás contra cristianos, y siempre por un botín—, para combatir suele emplear el Corán más la raíz QTL —matar, en tercera forma recíproca: matarse, combatir—. Como en Cor. 2, 217: te preguntan si es lícito combatir en el mes sagrado..., o como en Cor. 3, 146: Cuántos profetas combatieron —qâtalû— contra ejércitos de ángeles... Por lo tanto yihad no nosvale para combatir. Por más que los traductores del Corán así lo reflejen, sin establecer ninguna diferencia entre esforzarse y combatir o guerrear, conceptos —estos últimos— para los cuales emplea el Corán términos bien concretos. Es relevante aquí resaltar que los índices onomásticos de las traducciones al español recogen las referencias en función de la traducción, no del texto original. Así, cuando Cortés oVernet señalan las referencias a la supuesta guerra santa en el Corán, remiten a azorasen las que se emplea indistintamente qâtala o haraba mezcladas con pasajes de lectura evidentemente ética que emplean yihad.

De modo que sí hay guerra en el Corán, pero no es yihad. Cuando emplea los citados términos HRB-QÂTALA-DRB-B’S-IJTAsAMA, lo hace en el contexto de un pueblo dedicado a asaltar caravanas. Por lo que a nosotros respecta, en la vieja diatriba de si Mahoma era profeta y/o hombre de estado, si la diatriba es realmente su doble naturaleza —interesado por lo mundano y por el reino de los cielos—, fueambas cosas. Pero si nos ceñimos al sentido estricto, dada la proyección del estado en su tiempo, Mahoma no es un hombre de estado, sino un patriarca revolucionario. Y dada la repercusión del hecho religioso posterior, sí es un profeta.

El Corán refleja en todo momento la progresión del enfrentamiento de los musulmanes con sus vecinos, en coherente evolución desde las luchas comerciales entre tribus hasta sus primeros enemigos exteriores. Esa evolución bélica —en lógica progresión de intensidad por el éxito creciente— sigue unos pasos evidentes en la lectura coránica; la relación de sus enemigos:

1. Tribus cercanas.

2. Judíos.

3. Enemigos de la península arábiga —sur: Yemen—.

4. Bizancio.

Por el tiempo vital de Mahoma, que marca inevitablemente el contenido coránico, la guerra sólo se percibe en esos cuatro contextos. Y por abundar en el contenido coránico relativo a esos enfrentamientos bélicos, se hacen más referencias a las tribus enemigas que a las guerras de religión, prácticamente inexistentes en la narración coránica aparte de ocasionales alusiones a impíos y asociadores; denominaciones más bien usados como excusa ética en guerras comerciales. De esos cuatro permanentes enfrentamientos extraíbles del Corán, surgen cuatro constantes interesantes:

1. Tribus enemigas. Nace la asimilación de Medina con la ciudad santa y de Meca como la Babilonia coránica. Como aproximadamente un cuarto del Corán es revelado en la Meca ya islamizada, esa babilonización no es permanente.

El Corán refleja ecos de dos graves enfrentamientos de la época de Mahoma: la guerra de Okaz, y la llamada Liga de los virtuosos —que veremos des

pués—. En la guerra de Okaz, el conflicto se desarrolla del modo siguiente: Okaz es lugar de peregrinación cercano a Meca. Una caravana procedente de Iraq es atacada por la tribu por cuyas tierras pasaba. La tribu atacante descuidaba así los tácitos derechos de paso por peregrinación y abría un tiempo nuevo de improvisación en materia de circulación de caravanas que acabaría beneficiando a Meca con el tiempo. En cualquier caso, las tribus mequíes se enfrentan a las Hawazin en esa guerra.

2. Judíos. Dando pábulo a la vieja teoría según la cual Mahoma habría intentado una conversión al judaísmo. Señales en el cambio de rituales lo insinúan, y las diferentes venganzas en los barrios judíos de Medina así lo muestran.

3. Enemigos de la península arábiga —sur: Yemen—. Enseguida veremos una prueba evidente del enfrentamiento, pero en cualquier caso, marcaba la situación de rivalidad en las tropas del futuro imperio islámico: árabes del norte y yemeníes se enfrentarán velada o abiertamente dando forma histórica almítico origen de los árabes partiendo de una pareja de hermanos, Adnán y Qahtán. 

En al-Andalus, como paradigma de conquista, se haría patente.

El ejemplo al que aludíamos es el enfrentamiento citado: la llamada Liga de los virtuosos consiste en un ataque parecido al de la guerra de Okaz en circunstancias similares. Consolidado ya el comercio de peregrinaje en Meca —el Corán llama al fin del mundo el día en que no haya comercio ni amistad—, un mequí decide no pagar cuanto debe a un mercader yemení. Cuando el yemení decide resarcirse, los mequíes cierran filas en torno al conciudadano y expulsan a los comerciantes yemeníes, iniciando un permanente enfrentamiento entre el norte y el sur, seguramente de origen previo. La Liga es en realidad una guerra comercial. Una cuestión de monopolios. Y seguramente es ésa la razón de la guerra en el Corán.

4. Bizancio. El único pueblo que merece una azora en el Corán. Con el tiempo, será Constantinopla el objetivo, y el conquistador será conquistado de alguna forma como en la constantinización del Islam o la práctica habitual —velada— del evolucionado derecho bizantino.


De la lectura del Corán se deducen batallas de gran calado que sobrepasan la concepción del enfrentamiento contra grupos como tal —bizantinos, judíos, etc.—. En realidad el Islam empieza con un grupo de desheredados que se amplía hasta la percepción de un o conmigo o contra mí, por otra parte, no extraña en el Antiguo Testamento. Así, el libro sagrado hace alusiones veladas a un documento histórico conocido como Constitución de Medina, germen de la primera comunidad. Básicamente, se trata de un contrato social generando una tribu de un grupo previamente heterogéneo. El estandarte de esa comunidad es el propio Mahoma; su fe, el Dios del que habla, por el que habla. Y el modo de actuación de esa comunidad es el de las algaradas y enfrentamientos por botín al uso en la desvertebrada Arabia —insistimos—, tierra intermedia entre imperios y ruta comercial codiciada.

Tales enfrentamientos mayores, verdaderas y cruentas batallas, son en esencia ocho de los que simplemente hacemos breve reseña:

1. Guerra con Meca. Desde Medina, Mahoma envía a Abd Allah b. Shahs ordenándole que se infiltre en una caravana y la desvalije.

2. BADR. (15.3.624). Badr es la batalla que marca el nacimiento del Islam como estado. Una gran caravana mequí —enemiga— venía de Gaza con Abu Sufyán al mando. Mahoma sale de Medina para atacarla. En principio, Medina le debía apoyo al profeta si era atacado en la propia ciudad, pero en esta ocasión hay unos trescientos combatientes entre medineses y emigrantes que salen de Medina para ir a la guerra por Mahoma. Es el grupo inicial del profeta. Es decir; Mahoma ha convencido a Medina y la convierte en parte de su ejército. Desde Meca, Abu Shahl —enemigo de Mahoma— organiza las tropas que salen en defensa de la caravana. Los de Mahoma esperan envano junto a los pozos de Badr para emboscar a la caravana, pero ésta logra escapar. De ese modo, dos agrupaciones enemigas se encuentran frente a frente sin siquiera la excusa de un botín caravanero.

El contingente de Mahoma y el mequí se encuentran, si bien los musulmanes podrían permanecer ocultos en los pozos. Mahoma ordena entonces cegar los pozos, forzando el enfrentamiento como única salida. Esa quema de naves por parte de Mahoma marca la clásica batalla tribual comenzada con combates individuales —en los que murieron importantes enemigos de Mahoma, como el propio Abu Shahl—. La batalla es ensalzada en el Corán y marca la liberación frente a Meca, así como el inicio del final de ésta como Babilonia.

Tres mil mequíes se acercan a Medina y abrevan su ganado para ofender a Mahoma. Éste decide salir de la bien defendida Medina.

Hay defecciones expresadas claramente en el Corán y la batalla está a punto de acabar con el Islam. Se rumoreaba incluso que Mahoma había muerto, extrayendo el Corán conclusiones interesantes: Uhud es como las veterotestamentarias pruebas de Job; hay que confiar en la palabra de Dios y sus intenciones. La Historia, por su parte, hace otra lectura no menos interesante: Uhud era la última y definitiva apuesta para acabar con Mahoma, y sus enemigos no lo lograron.

4. Expediciones de 626. Los historiadores marcan este período como el de válvula de escape de las distintas comunidades islámicas: consolidado poco a poco el poder de Mahoma, se suponía que tribus antiguamente enemigas eran ahora hermanas. La válvula de escape del ardor guerrero beduino serán las correrías y —en ocasiones— los ataques a judíos.

5. JANDAQ O «EL FOSO» (31.3.627). Los mequíes, aliados con algunos judíos mediníes escarmentados del poder de Mahoma, avanzan para tomar Medina. Mahoma ordena excavar un foso —llamado jandaq— que con el monte Sal aíslan la ciudad y ésta resiste. Tras quince días, los mequíes se retiran vencidos por el foso y su mal preparada impedimenta —tuvieron que alimentarse de forraje al no prever la duración del asedio—.

La batalla de El Foso concluye con el convencimiento de algunos mequíes de que hay que aceptar a Mahoma, así como con algunas ejecuciones de judíos colaboracionistas.

6. Toma de Meca (13.3.628). Mahoma decide peregrinar a Meca —la ciudad enemiga— con unos mil quinientos hombres. En principio, Meca es habitual receptora de peregrinos, pero ¿se puede aceptar a Mahoma, inveterado enemigo? El inteligente patriarca se está convirtiendo en hombre de estado:está queriendo demostrar que el Islam es esencialmente árabe y enraizado en Meca. Está gestionando proféticamente el futuro del Islam. Indirectamente, está diciendo también a los mequíes algo salvífico —y de eficaz valor pacificador—: que la nueva religión no les dejará sin los ingresos de los peregrinajes politeístas.

A las afueras de Meca —Hudaybiya—, cuando parece que el enfrentamiento es inevitable porque no van a dejar pasar a los peregrinos, Mahoma consigue negociar una salida: ese año, los musulmanes se vuelven a Medina.

Pero al año siguiente, los mequíes abandonarán la ciudad durante la peregrinación de los ya llamables musulmanes. Al margen, se pacta una paz de diez años y algo esencial para el Islam: los mequíes aceptan las conversiones individuales —hasta entonces, de clanes o por deserción—. Sus propios ciudadamos pueden, desde entonces, ser musulmanes. Es la desbabilonización de Meca. El acuerdo, que fue sellado bajo un árbol, recibe numerosas alusiones en el Corán bajo la fórmula Dios quedó satisfecho bajo el árbol.

7. Oasis de JAYBAR (junio de 628). Como hubo musulmanes decepcionados porque no hubo botín ni toma cruenta de Meca, Mahoma decide castigarlos acudiendo sólo con los que asistieron al árbol a la conquista del oasis judío de Jaybar, cinco fortalezas que no quieren convertirse —pagar tributo—.Jaybar marca así la negativa de conversión por parte de los judíos y es una guerra de táctica clásica. Ya cuenta el profeta con grandes estrategas y logrará la conversión de los dos más importantes: los futuros generales Jalid b. Al-Walid —creador del imperio árabe— y Amr b. Al-As —conquistador de Egipto—. Entre la caída de Jaybar y la futura sumisión de Meca —enero 630—, Mahoma crea un estado que, a su muerte, seguirá su crecimiento imparable.

8. HUNAYN (31.1.630). Desde una Meca ya capital de su proto-estado, Mahoma emprende la llamada campaña de Hunayn de la mano de los nuevos generales. Es la batalla del cierre de Arabia: el Islam está ya preparado para abandonar las arenas del desierto. Las últimas escaramuzas de la vida de Mahoma están ya dirigidas a resquebrajar los imperios sobre los que el Islam deberá  pasar en su expansión: Persia y Bizancio. Curiosa o significativamente, las revelaciones de Mahoma cesan para siempre en este período de su vida. El profeta ha cumplido su misión. El hombre de estado lo ha pespuntado. Y ya vendrán quienes acuñen yihades para mantener la cohesión de un imperio.

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